Primavera 2003
En Tres Arroyos es costumbre ir a pasar los tres o cuatro días previos o posteriores al día del estudiante a Claromecó. Naturalmente, como toda diversión adolescente, consiste en pasar las tardes en la playa, o dando vueltas por las mismas calles, cenar en la casa de alguien y salir a la noche. Todo entre muchas personas.
Pasé una primavera en Claromecó a los doce años, que resultó ser completamente diferente a lo que me imaginaba. Creo que el hecho de que no nos dejaran salir tenía algo que ver. Uno de esos días salí con uno de los chicos con quienes había viajado, a la mañana. Fuimos a caminar un poco por ahí; era una mañana linda, primaveral. Y completamente desierta. En medio del silencio vemos una camioneta doblar en la esquina y estacionar, un poco brusco. La imagen de una chica bajándose del lugar del conductor, agarrándose de la reja para no caerse y gritando chicos, hay que seguir tomando a las diez de la mañana me quedó grabada.
Dos años después pasé mi primer primavera de verdad ahí. Habíamos estado haciendo planes con un par de compañeros del colegio, que a último momento se pincharon. Llamé a mi mejor amigo, para contarle que no iba a poder ir. Koke tenía dieciocho años en ese momento, el iba al colegio agropecuario y ya tenía buzo de egresados. Yo no, yo estaba en noveno y tenía más amigos afuera que adentro de la escuela.
Hablamos poco, cinco minutos.
- No puedo ir
- Por qué, qué pasó?
- Al final va el hermano, asi que no tiene espacio
- No hay drama, te venís conmigo. En la casa de mi abuela hay lugar
De un momento a otro ya tenía planes de nuevo. Al día siguiente nos fuimos a Claromecó. El viaje dura treinta o cuarenta minutos. Fuimos tantas veces en cuatro años, en colectivo, haciendo dedo, con algún conocido que nos llevaba, o con mi viejo o mi vieja que nos hacían el favor, que se me confunden un poco las idas y vueltas; no me acuerdo en qué fuimos hasta allá.
El lugar tenía ambiente a primavera. Durante el invierno Claromecó es una angustia, pero en esas fechas (supongo que habremos ido desde el jueves hasta el domingo 21) había movimiento; todos estaban allá, en alguna casa, dando vueltas por ahí, comprando algo para tomar, o tomando algo tirados en la vereda. Llegamos casi de noche, y ahí conocí a Charly, a Esteban y a Martín, todos compañeros de Koke, y todos más grandes que yo. Ellos tres paraban en la casa de Esteban, que estaba cerca, como todo.
Cenamos y tomamos algo antes de ir a tomar algo a la casa de una de las compañeras de los chicos. Fue como una previa a la previa. Mientras planeábamos qué hacer durante el fin de semana, escuchamos algo de barullo en la casa de al lado. No le habíamos prestado mucha atención; y hasta donde yo recuerdo no había nadie cuando llegamos. Había ruido de risas. Risas de chicas.
Esa noche fuimos a tomar algo a la casa de la turca. La turca es de un pueblo cerca de Tres Arroyos, San Francisco de Bellocq; muchos de los chicos del colegio agropecuario viven en el campo, o en pueblos cerca. Además de ella, estaban Gisela e Ivana. Yiyo, como me la presentaron, era una chica alta y carismática, con una sonrisa y una manera de charlar que te evitaba cualquier vergüenza. Ivana era todo lo contrario; tímida, silenciosa. Todas tomaban horrores.
Más tarde fuimos a bailar. Durante un par de semanas anteriores podés comprar las entradas para todas las noches que quieras, y te sale más barato (cuando tenés catorce años esa clase de cosas son decisivas a la hora de planear un viaje así). Era la primera de muchas veces que iba a ir a ese boliche; en ese lugar iban a pasar muchas cosas en los años siguientes, pero entonces yo no sabía qué esperar. Llegamos todos borrachos; tres chicas y cuatro chicos de dieciocho años, y uno de catorce que a la vista parecía un poco más grande.
Nos fuimos al lado de una barra que formaba un pasillo contra una pared. Ivana se sentó sobre la barra, yo me quedé tomando algo mientras Koke se iba a dar una vuelta. Vi a mucha gente conocida, y no pasó nada del otro mundo que valga la pena recordar, salvo una cosa.
Yiyo se me acercó con un paso bastante firme, y sonriendo, como había estado haciendo todo el tiempo. Se me acercó y me empezó a hablar
- La ves a ella?
- A quién?
- A ella
- A Ivana..
- Sí.. te gusta? -Lo primero que se me vino a la mente fue esto sí que no lo hubiese pensado.
- Sí, es linda
- Bueno, porque verás.. yo puedo venir y hablar con vos, ir y hablar con ella y.. hacer que las cosas pasen.
Me detengo un momento, para comentar que yo fui siempre un pibe bastante boludo. Siempre duermo, y suelo no darme cuenta de las cosas, o no saber bien cómo actuar. Esta, siendo una de las primeras veces en que me tocaba actuar, no fue la excepción. Fui un par de horas después a preguntarle a Yiyo qué había pasado; me había quedado esperando alguna confirmación, alguna señal, un heads up.
El heads up había sido la primera charla.
- Y no sé, si no hacés algo vos.. yo no puedo hacer nada más
Ivana seguía sentada en la barra. No recuerdo si se desmayó esa noche, o la siguiente. Así me enteré que tenía la presión baja, y que le pasaba todo el tiempo. Me acerqué y hablé un poco con ella, sin mucha idea de qué decirle. Por suerte habló ella primero.
- Cuántos años tenés vos?
- Y.. a vos qué te parece?
- Diecisiete, o dieciocho.
- Y cuántos son necesarios? -Recordé este diálogo siempre porque me sentí un imbécil
- Eso, diecisiete o dieciocho
En ese instante le di un beso. Era una suerte que la barra tuviera esa otra barra de metal abajo, para apoyar los pies cuando estás sentado en una banqueta alta. Sin esa barra no hubiese llegado hasta allá sin colgarme como un adolescente desesperado.
Tengo catorce, dije sonriendo con una mezcla de culpa, orgullo, nervios y vergüenza. No había besado nunca a una chica más grande que yo (amén que no había besado a muchas). No importa, no te iba a dejar de dar un beso por eso.
Ivana y yo pasamos así todo el fin de semana. Después de eso no nos vimos nunca más, salvando el momento en que Koke y yo fuimos a despedir a sus compañeros a la terminal, cuando viajaban a Bariloche, y de su fiesta de egresados. En ninguna de las situaciones cruzamos palabra; pero en Claromecó yo volví un poco sorprendido por la forma en que habían transcurrido las cosas en la primera noche de la primavera.
Esto no termina acá; en la casa de al lado, yo todavía no lo sabía (y no lo iba a saber por un mes) pero ahí estaba la que iba a ser mi primera novia, y ese fue el fin de semana que la conocí.



Qué lindo.
Nada mejor que volver la mirada a los años de la secundaria. Además de que uno tiende a recordar, por sobre todo, las cosas lindas, y le da esa sensación de ‘tiempos mejores’.
Jaj
Que buena anécdota
Me muero de ternura.
Posta, me llenó de ternura este relato. Las cosas tenían otro color a los 14, a pesar de que ahora nos damos cuenta de que éramos medio bobos.
Uy…me siento famoso…xD te faltó mi parte Br0′, mi apogeo…Y.Y, que tiempos aquellos, que bueno sería volver a vivirlos…
Un abrazo bro, Exitos, la suerte es para los perdedores…:D
Koke
Un espectaculo, todos queremos la continuación